Cocina para una Pareja Feliz

Las parejas felices, como los pueblos pacíficos, jamás deberían tener historia. Este no es sin embargo el caso, ya que la búsqueda de la felicidad es menos fácil de lo que parece, y los hogares más unidos atraviesan todos períodos agitados, por no decir dramáticos. Así ocurrió con aquel notario, cuya historia cuenta Paúl Vincent en L’Amour et les guérisseurs (La Pensée moderne), que fue a consultar a León Vallat, un magnetizador, a fin de que éste le ayudara a recuperar su potencia viril.

Casado desde hacía veinticinco años, padre de tres hijos, el notario constataba amargamente que ya le era imposible proporcionar a su esposa esas pruebas de amor que otros se obstinan en llamar el «deber conyugal». Pero el hombre era fiel, y ni por un momento pasó por su mente que una pequeña mancha en el contrato matrimonial pudiera tal vez volver a poner las cosas en su sitio.

«Sigo queriendo a mi mujer, le confió al curandero, pero ya no la deseo y, como no deseo engañarla, me he vuelto impotente. Tenemos tres hijos, añadió, el último de los cuales tiene once años. Los dos primeros fueron deseados. El tercero fue, si puede decirse, “combinado”. Tener niños es un pretexto para espaciar el deber conyugal. Llega quizá un momento en que uno le hace hijos a su esposa con tal de deshacerse de ella. Pero tan sólo tengo cuarenta y tres años; creo ser aún sólido, tener el cuerpo joven, y sin embargo hace más de tres años que decepciono a Simone.»

«El caso de este enfermo —explica León Vallat—, es psíquico. Desgraciadamente, no es único. Tras un cuarto de siglo —o menos— de existencia conyugal, más de la mitad de los hombres ya no sienten nada hacia sus esposas y, en consecuencia, se vuelven incapaces de realizar lo que es peor que una carga: un acto extraño a ellos mismos. Les queda entonces el recurso de la infidelidad —si se consigue— o de la resignación —si les contenta—…»

De hecho, éste es el gran miedo de las parejas, el que vuelve a los hombres adúlteros y hace desgraciadas a las mujeres, que hace, como escribe Paúl Vincent, «que dos esposos que se adoraban se conviertan poco a poco en hermano y hermana y ya no se amen más».

Para vencer este desencanto, romper este hábito que arruina los años de felicidad, hombres y mujeres han dispuesto, desde los tiempos más lejanos, de la ayuda de los brujos. En las misteriosas cabañas, los iniciados preparaban bajo encargo filtros y pociones que por aquel entonces se juzgaban infalibles. He aquí unas cuantas recetas extraídas de Alberto Magno.

«No le basta —escribe el filósofo—, al hombre el hacerse amar pasajeramente y por una vez tan sólo por la mujer; es preciso que esto continúe y que el amor sea indisoluble. Y, para ello, debe conocer algunos secretos para que la mujer no cambie ni disminuya su amor.

»Para ello tomaréis la médula que hallaréis en el pie izquierdo de un lobo, haréis con ella una especie de pomada, y la haréis oler de tanto en tanto a la mujer, que os amará cada vez más».

Y añade: «Como sea que podría suceder que la mujer se cansara del hombre que no sea robusto en la acción de Venus, este tal hombre debe cuidarse no sólo con buenos alimentos, sino también utilizando algunos secretos que los antiguos y modernos buscadores de maravillas de la naturaleza han experimentado.

»Es preciso, dicen éstos, componer un bálsamo con la ceniza del estelión, aceite de hipérico y de algalia, y untarse con él el dedo gordo del pie izquierdo y los riñones, una hora antes de entrar al combate, con lo que saldréis de él con honor y satisfacción».

Todavía otra «receta», para «protegerse de los cuer­nos»: «Tomad la punta del miembro genital de un lobo, el pelo de sus ojos y el que se halla en su garganta en forma de barba, reducidlo todo a polvo por calcinación y hacédselo tragar a vuestra mujer sin que ella lo sepa, y estaréis seguros de su fidelidad. La médula de la espina dorsal del lobo posee el mismo efecto».

Hoy en día, y nadie se lamenta de ello, los brujos casi han cerrado sus tiendas. ¡Además, cada vez se hace más difícil encontrar en libertad un lobo del que poder extraer todos los ingredientes necesarios para tales preparaciones! Pero no por ello ha disminuido la laxitud conyugal o la infidelidad, y frecuentemente se descubren anuncios publi­citarios alabando las virtudes de tal o cual producto, generalmente exótico, gracias al cual los maridos estarán protegidos contra los desfallecimientos y sus esposas, satisfechas de este modo, protegidas de la tentación.

Sin embargo, no es necesario en absoluto ir tan lejos para buscar los medios de la felicidad amorosa. Nuestros huertos están repletos de verduras tan afrodisíacas como el ginseng o el cuerno de rinoceronte molido; los especieros están repletos de condimentos que tienen el mismo efecto y, a fin de cuentas, un plato preparado con ternura tendrá siempre más éxito con el hombre al que se ama que no importa cuál píldora.

Así pues, para evitar que la vida de la pareja se sumerja en la monotonía, que sufra la esclerosis del tristemente famoso «metro-trabajo-cama», en medio del cual no debe olvidarse el intercalar la televisión, basta con un pequeño esfuerzo. Un mantel blanco, dos velas, una botella de champán, hacen de la más sencilla cena una auténtica fiesta, aunque no sea Navidad, aunque nada lo justifique. Mejor aún si nada lo justifica, excepto el simple placer de hacer feliz al otro. La sorpresa será aún mejor y los resultados más concluyentes, sobre todo si la esposa, como cocinera astuta, ha tomado cuidado en mezclar a sus preparaciones culinarias algunas de estas verduras o aromatizantes de los que hemos hablado antes indicando que aportaban un precioso estímulo al deseo amoroso.

«Se puede intentar—escribe Marcel Rouet (op. cit.)—, operar una especie de segregación entre las plantas con propiedades estimulantes y aquellas que poseen una acción directamente afrodisíaca, considerando que las primeras refuerzan los efectos de las segundas. Las primeras son demasiado numerosas para poder enunciarlas todas, pero citemos la albahaca, el laurel, el perejil, el tomillo, el ro­mero, la salvia, de las que algunos principios, según el doctor Jean Valnet, tendrían un poder dinamizante sobre las corticosuprarrenales. Las segundas, de efectos más específicos, son entre otras: el ajo, el apio, la cebolleta, el cilantro, el jengibre, la menta, la ajedrea…»

Todos estos alimentos deliciosamente perfumados tie­nen por segunda ventaja mantener el entendimiento conyugal. Pero atención: no hay que estropear su efecto benéfico regando demasiado copiosamente estas cenas suaves, brindando demasiado por la felicidad reencontra­da. Tomado en pequeñas cantidades, el alcohol es también un estimulante de primer orden, pero más allá de una cierta dosis, trae consigo resultados estrictamente inversos. Los buenos bebedores son raras veces unos grandes amantes, demasiado ocupados, cuando finalmente se acuestan, en digerir sus excesos. Dos copas de champán, unos vasos de vino o un pequeño cóctel hacen brillar los ojos, enrojecer las mejillas, y traen consigo una cierta euforia. Pasado este límite, aparece el abatimiento, la triste fatiga, por no decir el disgusto. Como en las inundaciones, hay un umbral, un punto de alerta que debe evitarse franquear si se quieren evitar las decepciones.

De todos modos, desgraciadamente, no todas las cenas pueden ser cenas de fiesta. Ya que además habría que temer, si éste fuera el caso, que estas cenas terminaran por tener consecuencias opuestas a las buscadas.

Hemos visto, en el primer capítulo de esta obra, que una alimentación equilibrada era el testimonio de una vida sana y feliz. Pero hemos visto también que el volumen de la ración alimenticia, así como su composición, debían variar en función de la edad o de la actividad del comensal. De hecho, el régimen debe evolucionar a medida que pasan los años, de modo que siempre tenga en cuenta la ineluctable reducción de las actividades metabólicas. ¡Lo cual no facilita la tarea de un ama de casa que encuentra regularmente alrededor de su mesa a un marido y unos niños, a los que se añaden a veces un abuelo o una abuela!

La solución, por supuesto, es componer menús equilibrados como los que citábamos en el primer capítulo, y permitir que cada uno los complete en función de su organismo.

Los niños, sobre todo, tienen necesidad de estos complementos. El período del crecimiento es un momento crucial en el cual la menor carencia alimentaria puede tener consecuencias catastróficas y engendrar enfermedades, incluso deformaciones, irreversibles. Es pues indispensable secundar la comida familiar con un desayuno copioso, rico en productos lácteos y en jugos de frutas, así como una merienda sustanciosa, que satisfaga tanto la gula como el apetito.

Muchos adolescentes, en cambio, se niegan a tomar esta merienda, cuando en realidad la necesitan más que nunca. De hecho se trata de una reacción normal que se­ñala su voluntad de emancipación, su deseo de mostrar que han salido de la infancia, de la cual es símbolo esa merienda. Por ello, más que forzarles a tomar esta merienda de media tarde que no les gusta, es preferible tomar en cuenta sus aspiraciones proponiéndoles, al final de la comida principal, los elementos nutritivos que les son necesarios.

«Los glúcidos deben dominar ampliamente la ración calórica en el período de la pubertad, que se entiende de los doce a los catorce años para los niños, y de los diez a los doce años para las niñas, así como durante todo el crecimiento», precisa Marcel Rouet (op. cit.).

«La asociación de frutos secos y oleaginosas: ciruelas, ciruelas pasas, damasco, uvas, nueces, avellanas, almen­dras, olivas, puede constituir por su riqueza en azúcares, lípidos, proteínas y vitaminas un completo fortificante que reemplace con ventaja al pastelito de mantequilla del glotón…»

He aquí pues los alimentos que, presentados bajo la forma de golosinas, pueden constituir excelentes postres que aporten a los organismos jóvenes todos los elementos necesarios para un desarrollo armonioso.

No volveremos a insistir en la alimentación de los adultos, cuyos principios de base hemos dado ya en nuestro primer capítulo. Baste con recordar que debe ser armonio­samente equilibrada, ni exclusivamente vegetariana ni exclusivamente carnívora, y que su volumen está condicio­nado por la actividad física y el gasto energético más o menos importante que traiga consigo.

«Parece que la frugalidad es una condición primordial de la longevidad humana —escribe Marcel Rouet (op. cit.)—; no se ven centenarios gordos».

Esto es totalmente exacto, pero la naturaleza es lo suficientemente sabia como para hacer que las personas de edad limiten inconscientemente, y sin que ello les propor­cione una sensación de privación, el volumen de sus comidas. Su apetito se hace menos vivo. Las necesidades energéticas de su organismo se ven limitadas por la falta de actividad, y debido a ello los alimentos demasiado ricos ya no les tientan, y acuden así a un régimen reducido que les conviene perfectamente.

Por supuesto, algunas contingencias económicas pue­den agravar esta tendencia natural y, entonces, las conse­cuencias de la malnutrición se vuelven graves. Es también Marcel Rouet quien anota que «la supresión de la carne le quitaría al viejo este estímulo necesario a su apetito, que a menudo se vuelve perezoso. La carne, por su aroma, su sabor y las preparaciones que permite, influye por acción refleja en las mucosas del estómago y favorece la secre­ción de los jugos digestivos. Convirtiéndose cada vez más en un gourmet, el anciano llegará muy pronto a buscar la calidad de los alimentos en detrimento de la cantidad».

He aquí una sabia recomendación que permite a todas las madres de familia cuidar sin remordimientos y sin temores acerca de su salud a los abuelos que viven bajo su mismo techo.

Pero la cocina de la felicidad no es tan sólo una cuestión de abundancia, es también toda una atmósfera. Como decíamos más arriba, una cena sencilla a la luz de unas velas, una vez acostados los niños, puede hacer olvidar buen número de malentendidos conyugales. Y lo que es cierto para estas cenas excepcionales lo es también para todas las demás comidas que se toman dos veces al día. El nerviosismo, los reproches, los enfurruñamientos, perjudi­can tanto la digestión como la armonía familiar. Y un hombre —¡o una mujer!— que digiere mal se vuelve fácilmente irascible. Hay que tomarse pues su tiempo para comer, al igual que el ama de casa se ha tomado su tiempo para preparar la comida. Además, sería ofenderla no saborear sus platos y empujarla a la vía de la facilidad que consiste, en lugar de cocinar, en echar el contenido de una lata de conservas en una cacerola con un poco de mantequilla derritiéndose al fondo.

De hecho, ya no le concedemos la importancia que se merecen a las comidas, o por el contrario les concedemos demasiada.

Demasiada importancia a estas comidas de negocios, pretextos para desbordamientos casi bulímicos que no justifican en absoluto las pretensiones gastronómicas de los chefs, que parecen ignorar que esta gastronomía a la que dicen servir es un arte lleno de finura y de comedimiento.

Demasiada poca a las comidas familiares y, en particu­lar, a la tradicional comida del domingo, que reunía antiguamente a toda la familia en torno a la misma mesa.

Hoy, nos preocupamos de terminar rápidamente con esta formalidad para no perdernos la película de televisión o los resultados de los partidos de fútbol. Y es una lástima.

El hombre tiene la ventaja sobre el animal de haber sabido transformar la necesidad de alimentarse en un placer. Actualmente está perdiendo esta supremacía en provecho de unas diversiones que no compensan, ni de lejos, con respecto a lo que uno se priva voluntariamente.

La cocina de la felicidad, la que condiciona la armonía de las parejas, no es tan sólo aquella que contiene los alimentos que enumerábamos más arriba. Es también aquella que restablece las posibilidades de comunicación entre personas que las han perdido por culpa de su forma de vida. Saborear un plato es darle las gracias a aquella que se ha tomado su tiempo en prepararlo; felicitarla por él es decirle que se ha comprendido que además de los ingredientes palpables, las verduras, las carnes, las espe­cias, se ha sabido encontrar allí la ternura, la voluntad de dar placer, el deseo de complacerle que se hallan subya­centes.

Comer, comer bien, es un placer sensual. Muy a menudo es el preludio de otras «satisfacciones», y los grandes seductores no ignoran la ayuda preciosa que aporta una buena comida, en un marco agradable, a su empresa. La gastronomía es casi inseparable de los primeros encuentros, de los balbuceos amorosos. ¿Por qué, en estas condiciones, es inevitable que la mayor parte de los hombres —y también de las mujeres— imaginen que se vuelve superflua una vez consumado el matrimonio? Como durante el noviazgo, constituye al contrario un factor de entendimiento, un elemento de aproximación, en una palabra una de las condiciones de la felicidad.