Y siempre la belleza

—Dime, primo, si te lo pidiera con insistencia, ¿harías el amor con la persona que hay aquí? —preguntó Erzsebeth, con un estallido de risa.

—¡Por supuesto que no! —respondió el agraciado caballero—. Ni que me fuera en ello la cabeza. Es demasiado fea y vieja.

Respuesta que no podía ser más funesta, ya que la vieja mujer la oyó. Irguiendo penosamente su arqueada espalda, miró fijamente a Erzsebeth Bathory a los ojos y le lanzó:

—No te burles, condesa, porque un día tú también serás como yo, y entonces notarás mucho más que yo la ausencia de los hombres.

La joven, sin embargo, estaba todavía en lo más esplendoroso de su belleza. Descendiente de una de las más antiguas familias de Hungría, emparentada con los Habsburgo de Austria, se había casado hacía algunos años con Ferenc Nadasky, cinco años mayor que ella y, además, inmensamente rico. Tras los primeros días, ella había empezado a engañarle, principalmente con Ladislas Bende, que cabalgaba cerca de ella. Todo aquello debería haberla tranquilizado. Sin embargo, la aterró. Regresó con las bridas sueltas a su castillo de Csejthe, una impresionan­te y siniestra fortaleza erigida sobre un espolón rocoso de los Cárpatos. Con un gesto, rechazó a su atractivo amante y corrió a refugiarse en una habitación extraña, cubierta de espejos, que había hecho instalar hacía unos meses. Allí, completamente desnuda, espió durante varias horas las acechanzas de la edad sobre su magnífico cuerpo.

La hermosa condesa tenía pánico a envejecer. Desde hacía ya mucho tiempo utilizaba todos los elixires y todas las pomadas que le preparaban con gran secreto médicos y alquimistas. Desde hacía tiempo, tenía el convencimien­to de que la sangre fresca de alguna joven virgen sería sin duda mucho más eficaz. La réplica de la vieja mujer la hizo penetrar en la locura. Ayudada por Dorko, un enano monstruoso, y de Jo liona, su nodriza, hizo, en una decena de años, matar en las más horribles condiciones a más de novecientas jóvenes.

Para recoger su sangre, inventó los más abominables instrumentos de tortura, entre los cuales, una jaula erizada de púas. Encerraba allí a sus víctimas, completamente desnudas, y luego hacía izar la jaula hasta el techo. Tras lo cual Jo liona y Dorko, armados con un largo atizador calentado al rojo, obligaban a las desgraciadas a debatirse para que se hirieran con los hierros. Muy pronto, era una auténtica ducha de sangre lo que caía sobre su dueña.

El segundo invento de la condesa maldita era una especie de autómata que tenía la apariencia de una mujer joven. Nada faltaba en él, ni los cabellos ni los ojos de porcelana. Pero esta virgen de hierro estaba hueca y, cuando se encerraba en ella a una mujer, largos puñales entraban en movimiento, lacerando su carne hasta que la sangre empezaba a fluir y, siguiendo un canal practicado en el suelo, iba a llenar la bañera donde aguardaba Erzsebeth.

Y esto duró diez años, hasta la llegada al castillo de liona Harczy, una joven cantante vienesa de dieciséis años. Erzsebeth la había invitado a Csejthe a fin de que pudiera reposar su voz en el aire puro de las montañas. La noche de su llegada, tras haberle cosido los labios para impedirle gritar, trababa conocimiento con la virgen de hierro. A la mañana siguiente, su anfitriona anunciaba que había muerto súbitamente durante la noche, y ordenaba que se celebraran unos magníficos funerales.

La desaparición de una joven de la buena sociedad pasó menos desapercibida que la de las pequeñas campesinas. El pastor Ponikenus, que al principio se había negado a celebrar el servicio fúnebre, para terminar luego accedien­do a condición de que se desarrollara de la manera más sencilla, no dejaba de pensar que, el día de su llega­da, la cantante no parecía en absoluto enferma. Expu­so sus temores a György Thurzo, gran paladín de la alta

Hungría.

Este último tenía ya sus dudas. Decidió intervenir y ordenó la entrada de la policía en el castillo. El 2 de enero de 1611, descubría en él los instrumentos de tortura puestos a punto por Erzsebeth. Inmediatamente, ordenó el arresto de Dorko y de Jo liona, así como de una decena de otros servidores, que no tardaron en confesar las horribles cosas de las que habían sido cómplices. Fueron condenados a muerte y, el mismo día de su ejecución, los albañiles emparedaron todas las salidas de Csejthe, donde permane­cía encerrada la condesa. Iba a sobrevivir todavía tres años, pese a la soledad, pese a la falta de alimentos. ¿De qué modo consiguió resistir? Nadie lo sabe.

Lo que Erzsebeth Bathory había pedido a la sangre humana hubiera hecho mucho mejor buscándolo en la de las plantas, en su savia, en sus jugos, que contienen todos los principios vitales capaces de preservar la belleza y de impedir, en la medida de lo posible, por supuesto, que la piel envejezca. Éste es principalmente el caso de todas las aguas de Smith, de Colonia o de miel.